martes 1 de noviembre de 2011

Evocación

Me frío en este frío. El salón de clases está vacío y la lluvia destiñe aún más esta soledad. El agua intenta herirme y quemarme, pero el vidrio se lo impide. El resultado de esta colisión sólo deja unos pocos espermatozoides deslizándose por la ventana, pero encaminados hacia un óvulo infecundo.

Hay una bola arrugada de papel tirada en el suelo, junto a la puerta. Está ahí esperando que la recoja, como si fuera el mensajero de alguien que la puso en la salida para entorpecer mi camino. Lo que faltaba, otra basura más en el camino…

Recuerdo que en mi infancia siempre me decían que cuando fuera grande lo entendería, ahora que soy viejo y me estoy muriendo, sigo sin entender, y en vez de ser grande, sólo me he vuelto más pequeño.

Sin duda que el Profesor se sentía solo. Algunos dirían que su vejez lo hizo más mañoso, otros presumirían que su trabajo lo mermó hasta tal punto, que finalmente pudo vislumbrarse su parte más interna, su esqueleto frío y corroído por el tiempo. Sin embargo, la conjetura más recurrente recaía en su viudez. El Profesor llevaba viudo más de once años, y tanto la falta de una mujer, como la de los pocos amigos que tenía, hacían tambalear el endeble edificio que habitaba en él, y en el cual él habitaba a su vez. Le faltaban martillos para seguir su construcción, y eran más los pisos que se derrumbaban, que los que se iban construyendo.

Llevo años enseñándoles a mis alumnos cómo ser mejores personas, pero ¿Cómo un capitán va a guiar un barco si ni siquiera puede encontrar el timón por sí mismo? Ni siquiera puedo respetar los valores que me he autoimpuesto, como estar con esa joven… ¡Oh, esa joven!

En qué momento la empecé a mirar así, ya no lo recuerdo. Sólo la veía sentada, observándome mientras yo seguía hablando y sudando, quién sabe si fuera por el movimiento, quién sabe si acaso por los nervios, sólo veía resbalar las gotas, como ahora.

No sabría decir bien qué era lo que me cautivaba de ella, quizás fuera su frescura de fruta madura, quizás su piel nívea y descolorida, que imploraba ser pintada por un hombre. O su boca, que se entreabría dejando pasar un suspiro de deseo y un susurro de llamado. Quizás fueran sus brazos, ¡Esos divinos brazos que se alzaban al cielo cuando sabían la respuesta! Y sus piernas… que se balanceaban cortando el aire, como si ya no estuviera demasiado tenso para ser cortado…

¡Oh, mi diosa! Todo esto y más era lo que me cautivaba de ti, pero no lo que me hacía sudar a mares, ni callar a gritos. Sin duda, lo que me provocaba aquello era tu mirada. No tenías los ojos ni azules, ni verdes, ni de ningún color o forma que destacaran por sí mismos, de hecho los tenías de un café tan oscuro, que se diferenciaba por poco del negro. Sin que el color de tus ojos impresionara a alguien, la manera con que mirabas a través de ellos, hubiese cautivado a cualquiera. Tu mirada opacaba a las luciérnagas y atraía a las polillas. Cuando estabas alegre y reías, tus ojos centelleaban cegando a los demás, y cuando estaba triste y apagada, era inevitable fijarse en ti aún más, pues la tristeza de esos ojos era como si eclipsaran el mismísimo sol.

Ya decía yo, que no recuerdo exactamente cuando la comencé a ver así, pero sí recuerdo nuestro primer encuentro. Ella se quedó en este salón después de clases con el pretexto de plantearme sus dudas para el siguiente examen. Le di algunos consejos, pero ella parecía no escuchar. Sólo me miraba fijamente.

En el zaguán de sus ojos podía ver que escondía algo, que estaba prisionera y que con su mirada imploraba ayuda, vi que por sobre sus vellos de cristal habían cadenas, pero cadenas con plumas.

Parecía aletear hacia mí, y sentí un deseo intenso de besarla, pero mi condición de profesor me lo impedía. Ella continuaba escudriñándome y turbándome a la vez. No podía atreverme a besar a una muchacha tan joven, ¿Pero si lo hiciera? ¡Cuántas veces había dejado pasar oportunidades como ésta en mi vida! ¿Pero esta se podría considerar como una oportunidad? A pesar de que ella ya era lo suficientemente grande como para tomar sus decisiones, no podía sacar de mi cabeza el hecho de que fuera sólo una muchacha, ¿Cuántos años tendría acaso? ¿Diecisiete? ¿Dieciocho?

Seguía en mis divagaciones, y ella con sus ojos clavados en mí. Tal vez intentaba adivinar mis pensamientos, y podría asegurar que los leyó perfectamente, pues dejando de observar mis ojos, pasó a observar mis labios, y sonriendo me dijo:

- Tengo dieciocho.

Y entonces nos besamos.

¡Las estrellas se agolpaban en mí como en tiempos de antaño! Le dejé mis labios, mientras mi mente vagaba por mundos fantásticos donde los besos sí significan algo. Me sentía correr por el cielo, pisando las estrellas, ¡Y elevándome aún más!

Ninguno de los dos hubiésemos querido culminar con esa enajenación, y en el transcurso de un mes, repetimos innumerables veces aquel hechizo. Con cada encuentro me sentía rejuvenecer décadas, y podíamos pasar horas solamente mirándonos, y admirándonos mutuamente. A pesar de nuestra confianza y amor, ella nunca se atrevió a decirme por mi nombre, al igual que los demás, sólo me llamaba Profesor. Tuvimos que esconder nuestro amor para que nadie se enterara de esta inapropiada relación, que a los ojos de los demás era una terrible aberración.

Nos besábamos en los lugares más recónditos de la escuela; detrás de los baños, dentro de un oscuro salón, o en el cuarto de instrumentos musicales. ¡Ninguna guitarra ni saxofón hubiesen podido tocar las notas de aquel amor!

Pero un día, luego que todos abandonaran el salón de clases, y al fin nos encontráramos solos para concretar nuestro amor, el éxtasis del beso se quebró misteriosamente, y ella separó sus labios para esbozarme con ellos una sonrisa satisfecha. Me miró enamorada, pero repentinamente su rostro se desfiguró, y salió corriendo raudamente, sin voltear y sin dar explicaciones.

Bien se podría decir ahora que el Profesor estaba enamorado. Pero no, sólo era una ilusión de amor, como esas que a menudo siente el hambriento por su bocado, o el pobre por su dinero. La última pasión de su vida era lo que incrementaba una simple atracción, y quizás el riesgo que conllevaba una relación así para ambos, era lo que necesitaba para rejuvenecer. Para un hombre solo, la menor demostración de afecto, es el amor eterno.

A la siguiente clase, luego de ese inesperado escape, entré al salón y vi como la burla general se escondía tras la sonrisa de cada uno de mis alumnos. Sabían lo que había pasado entre nosotros, ella se los había contado. Ahora entendía todo, probablemente ni siquiera me quiso en algún momento, sólo me había utilizado para sus propósitos, indignos propósitos… seguramente lo había hecho para ser popular, o peor aún, para extorsionarme…

La traición tenía una sonrisa irónica. La única pérfida sonrisa que faltaba en esta tragedia era la de ella… sólo escondía la cabeza, y cada tanto se atrevía a asomarse para ver a sus compañeros, esto parecía propio de un ser enigmático, pero yo ya había descifrado quién era.

Era de esas personas que pretendía ser un libro cerrado, con las páginas más misteriosas por leer, pero el cual sólo resulta ser un libro sin hojas. Porque aquellas personas nunca tienen la gallardía de tomar el lápiz y empezar a escribir la historia de su vida, sólo se limitan a tomar el pincel y adornar la portada, la hacen vistosa, interesante, pero de una historia que no existe, y esas portadas... esas portadas terminan siendo sus propias tumbas.

Me la imagino haciendo correr el rumor de su hazaña… ¡Oh demonio que pretende ser diosa, erras por la fama cuando podrías estar planeando por la sencillez!

Pero ya había conocido a muchas personas así a lo largo de mi vida, y no iba a amargar más aún mis días. Qué importan ya sus felonías, a mí estas extorsiones no me asustan, no fluyen ni influyen en mí. Yo soy el dueño de mis propias aguas, y dirijo el cauce donde quiera. Si quiero, puedo hervirme o congelarme, puedo secarme o rebalsarme, pero nunca, ¡Nunca mis aguas podrán controlar!, ya soy un río demasiado viejo como para dejarme encauzar.

Después de tolerar la burla general, de que el examen fuera probado y aprobado por la mayoría, y habiendo salido todos del salón, ella finalmente se dirigió hacia mí y me dijo:

- No es cierto lo que estás pensando, sólo deja explicarte…

- A veces, no es necesario tener la razón para que algo sea cierto, señorita. Y si cree que va a poder manipularme por lo que tuvimos, ¡Pues se equivoca! Y ahora por favor, retírese del salón, que ya se acabó el tiempo para rendir el examen.

- Pero…

- ¡Pero nada! Por favor, retírese… – dije amargamente mientras veía escaparse mi última posibilidad de amor… de ese amor que tantas veces saboreé, pero que pocas veces disfruté del todo.

Quizás vi una lágrima queriendo suicidarse desde su mejilla, o quizás esa lágrima sólo intentase salvarse del dolor que iba a empezar a brotar desde su cuna, lo cierto es que se precipitó al tiempo en que ella se iba para siempre, no de mi vista, pues aún habría de hacerle más clases, pero se alejaba de mi alma. Nunca hasta entonces, había sentido mi alma tan distante de la de los demás.

El Profesor se creía traicionado. Ultrajado en el escaso amor que le restaba. A veces los hombres prefieren ver el negro tinte de la separación, que el destellante tono de la unión que hubo, porque es inevitable extrañar el sol, una vez que se esconde. Si quizás el Profesor se hubiese limitado a escuchar las razones, todo habría sido mejor, pero para los hombres necios, el destino no contempla nada ameno.

Todo se marchitó sin ella, como si ya no bastara mi rugosa piel, o esta inmunda bola de papel que se atraviesa en mi sendero. Sólo quedará botar la basura en su lugar, y vivir lo que me queda lo más pulcro posible.

- A ver, a ver. ¿Será un dibujo cómico de mí, o sólo un borrador mal hecho? – se preguntó el Profesor mientras estiraba el papel. Habían unas grandes rayas, que atravesadas tachaban todo su contenido, sin embargo se podía leer:

Profesor:

Lamento profundamente lo que estés pensando sobre mí ahora. Por favor, créeme que nunca quise herirte, todo esto sólo es un terrible malentendido. El día en que estábamos besándonos en el salón de clases, un compañero estaba espiándonos por la ventana, y apenas lo vi salí corriendo para conversar con él, y persuadirlo a que no contase nada. Pero sabía del odio que tenía hacia mí, y me fue imposible comprar su silencio con lo que fuera. Le contó a todos, y yo no pude mirarte a la cara entonces, sentía vergüenza y culpa de cómo los demás se burlaban. Intenté explicártelo todo, pero no quisiste oírme, sólo dejaste que tus pasiones te llevaran. Todo lo que sentí fue verdadero, y lo que siento ahora también, cómo quisiera decirte todo lo que siento, pero es demasiado complicado y no tendría el valor de hacerlo. Y como quisiera decirte que al fin podrás descansar de mí, pues me voy lejos, lejos de esta escuela y ya no sufrirás al verme. Pero sobre todo, cómo quisiera poder decirte adiós.

La carta terminaba allí. Las manos del Profesor tiritaban… ¡Cómo quisiera contestarle ahora mismo a su amada!, pero sabía que ya no podría hacerlo. Qué necio fue, pero qué feliz estaba de saber que ella lo amó. Se sentía desfallecer, tal vez aquella fuera la última alegría de su vida, y en ella podría vivir y morir hasta el fin. El Profesor arrugó el papel por última vez, lo botó al basurero, y en su último respiro sólo alcanzó a decir:

- Adiós, diosa.

Nadie podría dilucidar si el Profesor murió triste por su necedad, o feliz por su amor. Lo que a mí respecta, prefiero pensar en la segunda opción, pues siento que me sigue amando desde el otro lado, tal como lo amo yo. Conozco mis errores, y sé que debí haberle dicho en persona, y no a través de infructuosas cartas lo que sentía por él, pero a través de este relato nunca quedarás en el olvido, pues los amores no pasarán en vano, mientras alguien los recuerde en el camino.

sábado 10 de septiembre de 2011

Fue un buen día hasta que llegó la noche

Hoy había sido un buen día. No espectacular ni sorprendente, simplemente bueno. Las horas pasaron rápido, qué mejor indicio de lo que les digo. Salí de la oficina justo unos minutos antes del atardecer, y antes de arribar a mi hogar, decidí pasarme por el parque para ver la puesta de sol, no por ser romántico ni cursi, simplemente porque me produce una inexplicable nostalgia.

Llegué al parque taciturno y con las esperanzas de que la imagen del sol hundiéndose en la montaña aplacara un poco la tensión de los días pasados. Me senté en la banca de siempre y sólo me dispuse a presenciar de la escena. Siempre me había fascinado el sol, realmente es una pena que no se le pueda mirar de frente sin quemarse los ojos, quizás por eso me gustaban tanto los atardeceres, era mi oportunidad para ver directamente al sol y contemplarlo tal como era, sin gafas, sin cámaras, sólo con los sentidos.

El sol fue dilatando lentamente su salida hasta finalmente hacerse nada. Me sentí satisfecho y ahora sí estaba listo para irme, pero cuando me iba a levantar de la banca, una voz familiar y lejana llegó a mis sentidos.

- - Pues qué, ¿Ya te vas?

Miré a mi lado y con sorpresa descubrí a aquel amigo de antaño. Aquel con el que solía llevar tertulias filosóficas hacia ningún lado, pero que de algún modo u otro terminaban por guiarnos. No me sorprendió su presencia a mi lado, sino todo lo contrario, me sorprendía su ausencia en todos estos años, y su inopinado retorno.

- - ¿Qué? Te vas a quedar petrificado sin saludar a tu viejo amigo – insistió cariñosamente.

- - Pues… ¡Hola! Tanto tiempo sin verte por estos parques – me apresuré en decir.

- - Así es, ¿Supongo que te contaron el porqué de mi partida?

- - En realidad no. Sólo supe algo de una mejor oferta que te dieron fuera de la ciudad, y nada más.

- - Bueno, pues así es mi querido amigo. Lamento que no te lo hayan dicho todo, quizás debería habértelo dicho yo, pero realmente me tenía que largar de aquí, ya no aguantaba más, y aquella oferta fue la escotilla perfecta para salir de este agobiante submarino.

- - Sólo espero que no te hayas ahogado al salir. Bueno, de todos modos, existen los teléfonos, Raúl.

- - Sí, está bien, está bien, lo admito; debería haberte llamado. Pero de todos modos, no me irás a decir que es mejor un oxidado submarino que un océano cristalino.

- - Ya empezaste con tus divagaciones, hombre por dios.

- - No son simples divagaciones, sólo digo la verdad. Es increíble el mundo fuera de esta ciudad.

- - Eso espero. En cuanto a mí, el mundo ya es increíble dentro de esta ciudad.

- - Te equivocas, solamente llega a ser “creíble”, y eso para los ingenuos que buscan creerlo.

- - Hey, acabas de llegar después de una larga ausencia, y ya me estás llamando ingenuo, por dios – le dije haciéndole notar su habitual falta de tacto con los demás

- - Lo siento, Ariel. Lo que pasa es que realmente me da pena ver que aún sigues viniendo a este triste parque para ver los atardeceres.

- - Me gusta este parque, y no sientas pena por mí. Sabes que vivo feliz en esta ciudad.

- - Realmente lo dudo. Lo que sucede es que te da miedo salir de tu pequeño submarino y hacer algo más, quizás por miedo a lo que comenten los demás. Ariel, una cosa es decir "El que nada hace nada teme", y otra muy distinta es no hacer nada por temor.

- - ¿Miedo? Pero qué drástico en tus sentencias, hombre… Simplemente tengo fe de que en cualquier momento alguna oportunidad se presente aquí, en el “submarino” como tú lo llamas.

- ¿Con que fe, ah? Bueno, quizás la fe mueva montañas, pero el miedo mueve aún más. Aprender a que el miedo no te mueva, es ser una montaña Ariel.

- - Y soy una montaña, por eso no me muevo de aquí – repliqué irónicamente al momento.

- - ¿Y qué tan alta eres como montaña?

- - A esta altura, la altura importa poco.

- - Excelente respuesta, Ariel – comentó Raúl entre risas.

- - Veo que no has cambiado nada – le recriminé tiernamente con una sonrisa sincera.

- - De hecho, he cambiado bastante, es como si mi vida hubiese dado un giro de 360 grados.

- - Pero si das un giro de 360 grados quedas en la misma posición, Raúl.

- - Sí, pero con mucho más recorrido y experiencia.

- - Ya veo. De todas formas, sigues siendo el mismo hombre necio que conocí.

- - Ariel, necio es el hombre que cierra sus ojos y se duerme, cuando podría abrirlos y soñar.

- - ¿Eso fue una indirecta para mí? – pregunté ofendido.

- - No, sólo te estoy sugiriendo que despiertes de tu mal sueño, Ariel. Debes pensar menos, actuar más, y sentirlo todo.

- - Es fácil para ti decirlo. Siempre vas cosechando por todos lados, pero nunca regando las brotes después. Además, es fácil para ti desprenderte de todo, cuando no tienes una familia ni responsabilidades como yo. Sabes que es aún más fácil emprender el vuelo así, Raúl.

- - No estoy diciendo que dejes a tu familia, hombre por dios. Sólo que dejes el ambiente que te hace infeliz, me refiero a esta inmunda ciudad con sus inmundos problemas. ¡Los pájaros no vuelan porque tengan alas, sino por su anhelo de volar, Ariel!

- - ¡Lo que sucede contigo es que te atrapo la ambición! – dije descargando toda mi frustración -. Siempre has querido irte de aquí y conseguirlo todo, pero no todos son como tú Raúl, algunos quieren una vida tranquila con las personas que quieren.

- - Bueno, la ambición de un solo hombre, puede alcanzar a toda la humanidad... Además, insisto en que tu idea de quedarte aquí no es por proteger a tu familia, sino a tu miedo, a tu miedo de morir allá afuera, de ahogarte una vez fuera del submarino.

- - Raúl, mi mundo está aquí.

- - ¡No, Ariel! El mundo está allí fuera, y tú sólo lo ves desde aquí, con tu estúpido periscopio. No tengas miedo de morir, pues la muerte no existe. Siempre se ha dicho que el ser humano le tiene miedo a la muerte, pero eso no es cierto. Porque la muerte es simplemente renacer, volver a la vida; por lo tanto, a lo que en realidad todos le tienen miedo, es a vivir.

- - Quizás tengas razón, pero aun así no puedo…

- - Pues entonces déjame preguntarte algo. ¿Cuál ha sido el mejor día de tu vida?

- - Seguramente no éste...

- - Pues yo tuve el mío hace unos días atrás. Y desde entonces me he maldecido por no haberlo tenido antes. Sólo me gustaría decirte una cosa, Ariel. Mirando todos los días el atardecer nunca llegarás a ver el amanecer, y menos sabrás lo que es un sol brillando a pleno mediodía. Sólo espero que madrugues pronto, mi querido amigo. Nos veremos un día de estos.


Y Raúl se marchó sin decir más. Fue increíble cómo me hizo cuestionarme toda mi vida en tan solo unos minutos. ¡Maldita sea! Había sido un día perfecto, sin preocupaciones ni problemas, navegando en la comodidad de mi submarino. Y ahora heme aquí de noche, recordando todo esto, mirando perdidamente al techo y deseando que pronto amanezca.

En fin, fue un buen día hasta que llegó la noche.